¿El perdón puede sanar? “Cómo perdonar. Sanar para perdonar, perdonar para sanar” (Jean Monbourquette, 1992)


Cuando hablamos del perdón, muchas veces se rechaza porque se supone que significa “olvidar”, “reprimir” o “abandonar los propios derechos”… sin embargo, esas son falsas ideas del perdón, si éste quiere ser de verdad sanador y liberador. ¿Es posible? Corrijamos las “ideas equivocadas sobre el perdón”, y luego los “12 pasos del proceso del perdón”. Una hermosa obra Jean Monbourquette, psicoterapeuta y sacerdote canadiense, que nos ofrece propuestas prácticas para crecer humana y espiritualmente…

  • Desenmascarar las falsas concepciones del perdón (Jean Monbourquette, 1992: 28-40)

1. Perdonar no es olvidar.

2. Perdonar no significa negar.

3. Perdonar requiere más que un acto de voluntad.

4. Perdonar no puede ser una obligación.

5. Perdonar no significa sentirse como antes de la ofensa.

6. Perdonar no exige renunciar a nuestros derechos.

7. Perdonar al otro no significa disculparle.

8. Perdonar no es una demostración de superioridad moral.

9. Perdonar no significa traspasarle la responsabilidad a Dios.

Las grandes paradojas del perdón

Fácil, pero a menudo inaccesible.

Disponible, pero con frecuencia olvidado.

Liberador para el otro y aún más para uno mismo.

En todos los labios y, sin embargo, mal comprendido

Congénito al corazón humano y, no obstante, ilusorio.

Vital para los humanos, pero a menudo temido.

Otorgado al alma y, sin embargo, amenazador.

Misterioso y, no obstante, cotidiano.

Tan divino y, sin embargo, tan humano…

  • Las doce etapas del perdón auténtico

Intercalo las doce etapas del camino del perdón con las expectativas de logro de la etapa, del último capítulo…

1. Decidir no vengarse y hacer que cesen los gestos ofensivos. Desde el principio has querido evitar la vía sin salida del resentimiento y la venganza. Por otro lado, no has querido dejar que el ofensor te hostigara más, has hecho cuanto has podido para que acabase toda injusticia o acto ofensivo hacia ti.

2. Reconocer la herida y la propia pobreza interior. No has temido sumergirte en lo más profundo de ti y palpar la profunda vergüenza provocada por las heridas de la infancia y de la edad adulta, y esto te ha permitido comenzar tu curación.

3. Compartir la herida con alguien. Has evitado sumirte en un aislamiento estéril; has compartido la carga de tu sufrimiento con una persona que ha sido tu confidente. Por eso has visto más claro en tu interior.

4. Identificar la pérdida para hacerle el duelo. Has logrado circunscribir la extensión de tu pérdida hasta poder nombrarla y hacerle el duelo.

5. Aceptar la propia cólera y el deseo de venganza. Has ido al encuentro de tu cólera y de tu deseo de venganza para acogerlos. Has visto en ellos fuerzas positivas dispuestas a salvaguardar tu integridad personal amenazada.

6. Perdonarse a sí mismo. Poco a poco, has ido aprendiendo a desarrollar tu autoestima con el fin de prepararte para perdonar.

7. Empezar a comprender al ofensor. Has tratado de comprender a tu ofensor; has dejado de verle con «malos ojos» para mirarle con ojos nuevos.

8. Encontrar el sentido de esa ofensa en la propia vida. Te has planteado el sentido positivo que ibas a dar a la herida de la ofensa.

9. Saberse digno de perdón y ya perdonado. Has dejado que tu corazón se enterneciera por el amor que los demás te han manifestado mediante sus perdones, y te has alimentado de ese sentimiento único e incomparable de sentirse digno de perdón y perdonado.

10. Dejar de obstinarse en perdonar. Has aprendido a distanciarte incluso de tu gesto de perdón. Has renunciado al deseo de creerte el único responsable del mismo y, de ese modo, has evitado buscar tu propia glorificación.

11. Abrirse a la gracia de perdonar. Has puesto en cuestión tu imagen de un dios justiciero para convertirte al Dios de ternura y misericordia, fuente imprescindible de inspiración y de fuerza para perdonar a tu vez.

12. Decidir acabar con la relación o renovarla. Finalmente, has decidido examinar tus relaciones futuras con tu ofensor. O has determinado dejarle partir, deseándole la mayor felicidad posible, o has establecido con él una nueva alianza.

(Jean Monbourquette, 1992: 173-174)

 

El libro digitalizado para bajar: http://www.4shared.com/file/BweBkzcp/52014.html

Un video de la serie “Nooma”, para refleccionar sobre el tema…

http://www.youtube.com/watch?gl=AR&v=Lq14XIXCqqY

¿Vas “cargado de equipaje”?

“Nuestras propias sombras” (II) (Anselm Grun)


Los monjes nos dirán, hablando de la naturaleza de los demonios, que “Los demonios eran originalmente ángeles. Sin embargo, al caer, al apartarse de Dios se convirtieron en algo malo. Ahora, en el estado actual, intentan seducir a los hombres y conducirlos al mal. Evagrio registra tres categorias de seres racionales: los ángeles, lo demonios y los hombres. A cada uno de estos órdenes le corresponde una fuerza espiritual: el nous (espíritu) a los ángeles, el thymos (emoción), a los demonios y la epithymia (deseos) a los hombres. (…) El demonio se caracteriza por un predominio del thymos, por la confusión y el desorden de la parte irascible del alma. La ira ciega que se enfurece contra los demás es para Evagrio una imagen de la esencia del demonio. (…)”.

En la antropología de Evagrio, el hombre es capaz de acción a partir de sus facultades anímicas de nous, thymos y epithymia, solo que la diferencia entre el bien y el mal está en si nos conduce al mal alejándonos de la Voluntad de Dios.

Y esto es posible solo si hay comunicación entre el demonio y el hombre, entre realidades tan disímiles. Y aquí tenemos una antigua y original certeza. “El punto de contacto entre la posibilidad de conocimiento humano y los demonios es la fantasía. Los demonios excitan en nosotros las imágenes de la fantasía. En el sueño por los ensueños. (…) Crean representaciones de cosas visibles en el alma que unidas a la emoción y conmoción, como thymos en el fondo del ser, produce fuertes emociones. También apoyándose en nuestros recuerdos excitan con las imágenes de esos recuerdos emociones que pueden impulsarnos en la dirección que ellos buscan. El método más común que usan para influir sobre nosotros es el de los malos pensamientos. (…) no siempre es posible distiguir si los malos pensamientos son el mismo demonio o provocados por él.”.

Podriamos decir entonces que en la tentación se ponen en juego los sentidos corporales y las facultades apetitivas (irascibles y concupiscibles) desde la facultad imaginativa (por una imagen distorcionada de la realidad, que es una fantasía en cuanto concepto con carga emotiva elaborado actualmente por asociación de imágenes o por recuerdos), provocando los “malos pensamientos” (que engañando el intelecto dominan a la voluntad, que son “malos” en tanto nos alejan de Dios).

Dicho de otro modo… todas las dimensiones personales se ponen en juego por la tentación, ya que una distorcionada percepción de la realidad cargada de afectos defensivos del Yo van cerrando un círculo de autoengaño fabuloso que impiden la apertura a la realidad de si mismo como creatura de Dios y del otro como don. Así encuentran una dimensión espiritual lo que puede reducirse a un discurso moralista: las faltas morales no son solo transgresion de normas morales objetivas, antes bien son un autoengaño defensivo del yo (mecanismos de defensa) que estrechan y encierran el camino existencial hacia un egocentrismo estéril… esto nos lleva muy lejos de la autotrascendencia hacia Dios, de la donación y abandono de si en el Amor de Dios.

Desde el psicoanálisis transpersonal, Jung relaciona a los demonios con los complejos autónomos y de la proyección. Proyección es “una inconsciente transferencia de una situación anímica subjetiva a un objeto exterior”. Es decir, proyectarse en trasladar una imagen propia en la realidad de las cosas o de otro, como ponerle máscaras a la realidad para no ver o ver lo que se quiere ver. Nos engañamos así por nuestras propias imágenes y somos dominados por ellas. Y más aún cuando otros proyectan sus imágenes sobre nosotros, nos arrastran en su fantasía de modo tal que realizamos lo que exigen, enfermándonos sin tener conciencia de que. “Tan pronto como una persona proyecta sobre otra un trozo de sus sombras incita el veneno contenido de lo dicho. (…) Cuando se es blanco de las proyecciones negativas de otro se siente un odio hacia el otro casi físico como ante un proyectil.” (M.L. von Franz). Se me ocurre que lo demoníaco es como un juego de espejos, un laberinto de proyecciones, donde el malentendido radica en que ni uno ni otro termina de rechazar su propia imagen acerca de la realidad, engañándose y engañando… por eso es “Padre de la mentira” (Jn).

“Las proyecciones propias nos arrastran con su fuerza. Las proyecciones extrañas actúan sobre nosotros como malos espíritus. La causa de las proyecciones es para Jung los complejos, que define como: “la imagen de una determinada situación psíquica que está acentuada de forma emocional fuerte y que se manifiesta como incompatible con las situaciones o enfoques normales de la conciencia. Este cuadro está fuertemente cerrado, posee su propia totalidad y posee además un relativo grado de autonomía. (…) (Nos coloca) en una situación de compulsión del pensamiento y de acción”.

Podemos decir que hay una estrecha relación entre los “endemoniados” antiguos y los actuales “compulsivos” (a las compras, al juego, al internet, al sexo, etc.), que experimentan que algo ajeno a su voluntad los asalta, que fuerza a realizar lo que se resisten a hacer, y con mayor fuerza cuanto mayor es la resistencia consciente, y termina dominando las conductas repetitivas, aún a costa del daño personal o a otros… ¿Se les ocurren ejemplos? ¿Alguien aporta otras miradas sobre el tema?

“Nuestras propias sombras” (Anselm Grun)


Un tema controvertido para ponerle un poco de “picante” a la Cuaresma, aunque era más adecuado para el domingo pasado…

“Vamos a tratar de la lucha con los demonios, aunque no se plantea aquí la cuestión de si los hay o no los hay. (…) … se da por supuesto que se sabe lo que son los demonios y lo que absolutamente se puede decir, existan o no existan.” El autor es Anselm Grun, monje benedictino alemán, psicoanalística y reconocido escritor de espiritualidad. Lo que Grun hace es una “interpretación de observaciones”, con categorías psicológicas, de los relatos de los monjes del desierto, acerca de los demonios, pero poniendo entre paréntesis la cuestión acerca de su existencia. Podriamos decir que es una fenomenología, siguiendo el método de hermenéutica de textos monásticos, dejando para la teología la doctrina acerca de la existencia y naturaleza de los demonios, como cierta personificación del misterio del mal.

Por otro lado, desde el psicoanálisis “… Jung intenta, como empírico, penetrar en los mismos fenómenos que los monjes han descripto desde su doctrina de los demonios. Ambos intentos de acercarse a la realidad, deben ponerse uno al lado del otro, simplemente, sin dar juicio sobre cual de las tentativas ha aclaro mejor la realidad… (que) puede ser presentada pero nunca captada plenamente.”

En síntesis, diría que Grun da cuenta de los demonios por su acción sobre el hombre y su conducta, pero no pretende objetivarlos desde el lenguaje de las ciencias positivas, ni tampoco como doctrina teológica; tal vez él lo llamaría un teologúmeno (figura lingüística para expresar una realidad teologal). No niega que existan, sino que eso es lo menos importante, ya que lo que importa es ver que efectos se observan en las conductas de quienes creen en ellos…

En el siguiente post sigo con la misma obra…